Capítulo XII. Los flujos migratorios y las Teorías de la Justicia: el Utilitarismo, el Libertarianismo, Rawls, Kant y el Comunitarismo.

Antes de entrar en profundidad en Las deficiencias del actual sistema migratorio europeo y español, en este artículo haremos un análisis respecto al comunitarismo, liberalismo y republicanismo sobre los movimientos migratorios, ya que las distintas teorías de la justicia alimentan y sirven de base en la creación de la gran mayoría de las políticas migratorias actuales.

Nos centramos en la particular visión que para las distintas teorías significaría el movimiento de individuos hacia otras comunidades.

Teniendo en cuenta, que el utilitarismo establece que la mejor opción es la que maximiza la utilidad, es decir, que la opción correcta sería la acción que aporta el máximo bienestar, la mayor felicidad para el mayor número de individuos.

Y para el comunitarismo, la acción moralmente correcta será aquella que defienda los derechos colectivos y beneficie a la comunidad como unidad en sí misma, que respete las normas impuestas por las normas que establece el estado sin dar prioridad a los intereses individuales.

 

Por otro lado, en el liberalismo no existe un derecho colectivo superior, ni estado intervencionista que esté por encima de los derechos individuales inalienables y de sus propios intereses.

Si bien para los liberalistas, el atomismo del individuo, es decir, la posibilidad y derecho que tiene el individuo de escoger su propia forma de vida y de vivir alejado de su comunidad; de separarse de ella cuando él lo considere y elegir la comunidad que mejor represente sus ideales y le deje realizarse como individuo, se considera como derecho inalienable; eso no conllevará, sin embargo, -por las mismas razones-, a que sea aceptado en otra comunidad ajena. Así pues, el derecho de renegar o irse de la comunidad originaria forma parte del derecho de la autonomía, pero el derecho a ser aceptado formaría parte de la autodeterminación de la propia colectividad de los individuos de esa comunidad.

Y he aquí las bases de nuestro actual sistema de leyes migratorias. Si bien salir del propio estado está reconocido como Derecho Humano; el derecho a ingresar a un estado que no es el propio, no. Lo que puede parecer, y se convierte en una incoherencia.

 

Así pues, si nos consideramos liberales, y teniendo en cuenta los principios de justicia que inspiran a estos pensadores; el derecho a las libertades básicas, la libertad de movimiento y libre elección de empleo, las bases sociales del autorespeto, el pacto social y la visión del individuo como ser libre en plano de igualdad; no deberían frenar este flujo.

 

Como el mismo Rawls afirma, los Estados se deben comprometer a preservar los derechos individuales de sus ciudadanos para que puedan desarrollar una vida completa y libre; aumentando esa responsabilidad de los estados organizados hasta el deber internacional de “ayudar” a los Estados que no proporcionan esas garantías a corregir sus políticas.

 

Así pues, por una parte, las teorías liberalistas verían con buenos ojos ese flujo y libertad de movimiento, esa inmigración en tanto en cuanto; en el caso de los refugiados, se estaría ayudando a reestablecer los derechos individuales de esas personas a las que se le han sido desposeídas; pero siempre y cuando no afectara a los derechos y libertades individuales de la comunidad a la que se pretenden insertar y que, además, supusiera una efectiva mejora de las condiciones de vida de los inmigrantes.

 

De igual manera, los utilitaristas no tendrían inconveniente en defender esos flujos migratorios si el resultado de ellos fuera a maximizar el bienestar de la mayoría, -si tomamos “mayoría” como el conjunto de todos los seres humanos en un mundo globalizado-. Así pues, no cabría anteponer los intereses de un país frente a las inmigraciones, y menos si éstas fueran para reducir el sufrimiento de muchos.

El problema viene cuando estas inmigraciones afectan de manera significativa al interés de los países que acogen –saturación del mercado laboral, costes económicos, problemas de integración…-, a la vez que no ofrecen garantías reales de mejora en las condiciones de vida de los que se acogen –generación de una economía étnica, discriminación, etc.-.

 

Lo que creo no debería de ser causa o culpa de estos flujos, migrantes o de los mismos nacionales sino de unas políticas de acogida y migratorias mal planteadas y gestionadas.

Podría parecer que, para los comunitaristas, que defienden la protección de los derechos de las minorías y la intervención del estado en cuanto a asegurar que todos los ciudadanos cuenten con las mismas oportunidades, no cabría oposición a este flujo. No obstante, debemos puntualizar que para autores como Walzer, la distribución desigual de un bien seria legítima dentro de su propio ámbito, pero ese tipo de bien no debería de influir en el resto de ámbitos distintos.

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Es decir, que cada comunidad tiene derecho a establecer sus propias normas y por lo tanto criterios de admisión para miembros extraños a ella. Con lo que nos encontramos ante una contradicción en el propio sistema, ya que, por la misma razón, sería posible que una comunidad no quisiera acoger a otra comunidad para así preservar su propia identidad –como afirma MacIntyre-.

 

En definitiva, podríamos concluir que de algún modo también, ni los pensamientos liberales ni los comunitaristas serían consecuentes con sus propios ideales. Ya que los liberalistas a pesar de abogar por la libertad de las propias decisiones del individuo, no llegan a renunciar a las fronteras. Para éstos, las fronteras son las últimas expresiones de la responsabilidad del gobierno, la protección que ejerce al territorio, el ambiente y la comunidad. Y de igual manera, convierten al inmigrante en un ciudadano de segunda sin igualdad de oportunidades ni gozador de derechos.

Por otra parte, los comunitaristas, con la excusa de la posible amenaza a destruir la identidad de las comunidades no llegaría a comprender el significado de ciudadanía extraterritorial. Dejando como síntesis de sus argumentos las palabras de Walzer: “el inmigrante es como nosotros, pero no es uno de nosotros”.

Desde mi punto de vista y concluyendo el análisis objetivo de estos diferentes pensamientos; yo me decantaría por una mezcla entre un sistema liberal, en cuanto al principio de igualdad de todos los ciudadanos, sin renunciar si bien es cierto, a que nuestros orígenes pueden dejar impregnados en nuestra personalidad hábitos y actitudes culturales determinados –comunitarismo-, pero teniendo en cuenta el pensamiento de Amitai Etzioni y su inmigrante de utilidad; donde el inmigrante debería de adaptarse a su país de acogida y aportar el mayor beneficio a la comunidad, convirtiéndose en un buen ciudadano. Y por otro lado, que la comunidad acogedora se dejara impregnar por y de todo lo bueno que aporta esta integración humana.

 

 

BIBLIOGRAFIA.

  • BENAVENTE CHORRES, H. (2012). Liberalismo, comunitarismo e inmigración.: Centro de Investigación en Ciencias Jurídicas, Seguridad Pública y Justicia Penal, Facultad de Derecho, Universidad Autónoma del Estado de México, Estado de México, México.http://desacatos.ciesas.edu.mx/index.php/Desacatos/article/view/243/123
  • COLOM GONZÁLEZ, F. (1998)Razones de identidad. Pluralismo cultural e integración política.: Barcelona, Anthropos.
  • LÓPEZ JIMÉNEZ, J.E.La ética utilitarista: ¿una respuesta a las situaciones límite?: Revista Ejército, núm. 882 octubre 2014.
  • RUIZ VIEYTEZ, E.D. (2006)Minorías, inmigración y democracia en Europa. Una lectura multicultural de los derechos humanos.:Valencia, Tirant Lo Blanch.

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